Son la resonancia que las experiencias que vivimos suscitan en el organismo, sobre todo a través de una viva alteración visceral (respiración, circulación, respuestas hormonales ...) que intensifica la experiencia, tendiendo a ser repetida si es agradable o bien a ser evitada si es adversa. La emoción acompaña las experiencias más significativas de nuestras vidas. Nuestro obrar de cada día está condicionado por la razón pero también por nuestro mundo emocional. La riqueza emocional crea estados mentales de adhesión o rechazo a determinadas situaciones de manera previa a la actuación del razonamiento (las neurociencias han puesto de manifiesto que las emociones son más básicas y arcaicas que el razonamiento; el estado emotivo se instaura previamente a la actuación de la razón, como es evidente en temas como el enamoramiento o el miedo. En la conducta humana predomina una cierta primacía emocional sobre la razón. La razón tiene en muchos casos un papel de segunda instancia. Las emociones tienen un peso esencial en las conductas de los humanos, y aunque a primera vista no lo parezca, son mucho más determinantes que la lógica o las razones.El individuo humano, en función del desarrollo de sus capacidades perceptivas y de su sensibilidad, puede llegar a experimentar una gran variedad emotiva. La emoción humana no se produce solamente ante el placer sexual o el miedo a las serpientes. Se puede manifestar también ante el horror que produce el contemplar el sufrimiento o la satisfacción que se siente el contemplar que se hace justicia, ante la delicia que nos produce la sensual sonrisa de una mujer o ante la belleza densa de palabras e ideas expresadas en una poesía; puede brotar también ante la atrocidad de un suceso violento, la armonía de los sonidos en una pieza musical o el colorido de un campo de amapolas en primavera ...
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